La escena es una postal que el relato libertario preferiría borrar. Patricia Bullrich, senadora nacional y una de las principales espadas del oficialismo, defendió el modelo de Javier Milei en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, rodeada de gobernadores, intendentes y empresarios —la misma «casta» que el Presidente prometió erradicar de la vida pública argentina— y allí, sin advertirlo, pronunció una frase que desnuda la contradicción del Gobierno: «un gobierno que reforma y va para adelante en algunos momentos choca». La confesión, en boca de quien fuera ministra de Seguridad, es el reconocimiento explícito de que el plan económico del Ejecutivo nacional no avanza sin cobrarse víctimas en el camino.
El encuentro, organizado por el Grupo Clarín bajo el título «Democracia y Desarrollo», tenía la intención de mostrar músculo político y blindar el rumbo de la gestión libertaria. Sin embargo, el cruce entre Bullrich y Miguel Ángel Pichetto dejó al descubierto las fisuras que el ajuste está generando incluso entre quienes transitan los pasillos del poder. El auditor general de la Nación cuestionó con dureza el modelo económico de Milei, en lo que puede leerse como una advertencia de los sectores que observan con alarma cómo el desplome inducido arrasa la economía real. Mientras el Gobierno insiste con la narrativa de una recuperación en «V», la propia Bullrich tuvo que admitir que el rumbo «choca», aunque evitó precisar contra qué sector social se estrellan las reformas.
La postal del Malba funciona también como una radiografía del momento político que atraviesa la gestión libertaria. El mismo espacio que construyó su identidad sobre el desprecio a la dirigencia tradicional necesita hoy de gobernadores, intendentes y empresarios para sostener una gobernabilidad cada vez más frágil. La Provincia de Buenos Aires, motor productivo del país, observa cómo el ajuste nacional asfixia a sus sectores industriales y pymes mientras el oficialismo negocia apoyos en salones privados del barrio más caro de la Ciudad. La admisión de Bullrich no fue un desliz ni un exabrupto: fue el síntoma de un modelo que ya no puede ocultar sus costos ni disimular su dependencia de aquello que dice combatir.
Pichetto, que conoce los pasillos del poder como pocos, puso el dedo en la llaga al cuestionar el modelo sin mediaciones. Su intervención representa la voz de un establishment que empieza a tomar distancia de un experimento económico cuyos resultados en la calle contrastan cada vez más con las cifras que celebra el oficialismo. Lo que ocurrió en el Malba no fue un debate académico: fue una exhibición de las tensiones que el ajuste está generando hacia adentro del sistema político mientras, puertas afuera, el consumo popular sigue desplomándose y el vaciamiento de la Provincia se profundiza sin que el Ejecutivo nacional ofrezca más respuesta que chocar y seguir.