El jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, ya palpita una eventual competencia electoral con Patricia Bullrich por la sucesión porteña en 2027 y la celebra sin reparos: «Está buenísimo, la competencia saca lo mejor de cada uno», declaró esta semana. La postal es elocuente: mientras la gestión libertaria profundiza un ajuste que arrasa al país, los dos socios del oficialismo dedican su energía a medir fuerzas por el control del distrito más rico de la Argentina. La disputa no es ingenua: desnuda que, para el PRO y La Libertad Avanza, la prioridad no es gobernar la emergencia social sino garantizarse el botín electoral en el único territorio donde el bolsillo resiste.
El contraste con la Provincia de Buenos Aires es brutal. Mientras Macri y Bullrich ensayan sonrisas de campaña, el conurbano bonaerense —motor productivo del país— sufre en carne propia el desplome inducido por el programa económico de Javier Milei. La «recuperación en V» que pregona el Ejecutivo nacional no llega a las pymes, a los comercios de barrio ni a los hogares que perdieron poder de compra. El gobernador Axel Kicillof viene denunciando sistemáticamente el abandono de Nación: la Provincia recibe menos recursos federales mientras enfrenta una demanda social creciente, un combo que ningún distrito puede sostener indefinidamente sin que el tejido productivo se resquebraje.
La interna Macri-Bullrich tiene, además, una lectura de fondo que excede la anécdota. Patricia Bullrich representa hoy el brazo más agresivo del mileísmo: la ex presidenta del PRO convertida en soldada del proyecto libertario busca extender la influencia del Gobierno nacional sobre el único bastión electoral que el macrismo conserva. Del otro lado, Jorge Macri intenta blindar la Ciudad como trinchera propia, un gesto que evidencia que ni siquiera dentro del oficialismo confían en que el relato de la recuperación resista dos años más de ajuste. La pulseada expone la fractura silenciosa de una alianza que se sostiene por conveniencia pero que empieza a mostrar fisuras cuando el poder territorial está en juego.
El problema de fondo no es quién se queda con la jefatura de Gobierno porteña en 2027, sino que el oficialismo nacional ocupa sus horas en este tipo de especulaciones mientras la economía real sigue cobrándose víctimas. La Provincia de Buenos Aires —con su entramado industrial, sus productores agropecuarios y sus trabajadores— no aparece en la agenda de un Gobierno que mira exclusivamente al dólar y a las encuestas. La interna Macri-Bullrich es un síntoma más del mismo diagnóstico: un modelo que concentra recursos en CABA y ajusta sobre el resto del país, mientras sus arquitectos ya se anotan para repartirse lo que quede.