El presidente Javier Milei volvió a la carga contra Axel Kicillof en una entrevista con LN+, donde calificó al gobernador bonaerense de «comunista» y lo responsabilizó por la falta de crecimiento de la Provincia. La declaración no es un hecho aislado: forma parte de la estrategia permanente de la gestión libertaria de construir un enemigo interno en el principal distrito productivo del país, mientras el ajuste se cobra víctimas en cada rincón del territorio bonaerense. Milei también recordó que Kicillof fue ministro de Economía «en el mejor contexto de la historia y la chocó», un latiguillo que el oficialismo repite para esquivar el debate sobre el presente.
El relato presidencial insiste en una narrativa de responsabilidades individuales que omite lo central: la Provincia de Buenos Aires concentra casi el 40% de la producción industrial del país y hoy sufre el desplome inducido por las políticas del Ejecutivo nacional. El recorte de transferencias discrecionales, la paralización de la obra pública y la licuación de los ingresos provinciales por la inflación no figuran en el libreto oficial, pero explican mucho más la asfixia bonaerense que cualquier adjetivo lanzado al aire en un estudio de televisión. La «recuperación en V» que pregona el Gobierno no se ve en las pymes manufactureras, en los comercios de barrio ni en los municipios que reclaman auxilio financiero.
El ataque a Kicillof funciona como cortina de humo. Mientras Milei insulta, la economía real se deteriora: las fábricas ajustan personal, el consumo popular se derrumba y los intendentes —gobernados por distintos signos políticos— denuncian un abandono sistemático por parte de Nación. La embestida contra el gobernador es, en rigor, una embestida contra la Provincia como sujeto político que se niega a alinearse con el dogma del «no hay plata» que el oficialismo pregona desde los medios aliados. La gestión libertaria necesita un culpable para su relato, y el mandatario bonaerense cumple ese rol a la perfección.
El modelo es claro: vaciamiento de las arcas provinciales, desfinanciamiento de las políticas públicas y construcción de una narrativa que ubica a la víctima como culpable. Kicillof representa, para el oficialismo, el obstáculo político que necesita demoler para consolidar su proyecto de país. Pero la Provincia ya demostró en las urnas que su rumbo no lo define un insulto televisivo ni un manual de ajuste redactado en la Casa Rosada. La pulseada federal recién empieza, y el territorio bonaerense volverá a ser el campo de batalla donde se dirima el verdadero impacto del experimento libertario.