La Libertad Avanza, la fuerza que llegó al poder prometiendo terminar con la «casta» y con la política de siempre, se comporta exactamente como aquello que decía combatir. En la Ciudad de Buenos Aires, el oficialismo libertario le marcó la cancha al PRO para cualquier acuerdo electoral de cara a las próximas elecciones: «Si entienden que el camino es el que marcamos nosotros, bienvenidos», fue el mensaje. La gestión libertaria ya no discute el ajuste ni el modelo económico: discute cargos, sucesiones y repartos de poder, mientras el Gobierno de Javier Milei asfixia la economía real y se cobra víctimas todos los días.
El escenario lo completó Jorge Macri, el jefe de Gobierno porteño, que ya avisó que buscará la reelección. Frente a esa pretensión, Pilar Ramírez, la delfina de Karina Milei en el distrito, puso sobre la mesa la exigencia de obediencia incondicional: «Nos gustaría entender cuáles son las convicciones del jefe de Gobierno». El recado desnuda el vaciamiento de la política que impulsa el modelo: no importan las ideas ni la gestión, importa la lealtad al proyecto presidencial y la disputa por el botín electoral de la Ciudad.
La interna porteña expone el fracaso del relato anticasta. El Ejecutivo nacional construyó su identidad sobre el rechazo a la «casta», pero en los hechos negocia alianzas, condiciona socios y administra candidaturas con la misma lógica de los aparatos que denunciaba. El contraste con la economía real es brutal: mientras en la cúpula libertaria se discute quién se queda con la Ciudad, el ajuste ordenado desde Nación sigue golpeando el consumo popular y arrasando el entramado productivo de la Provincia de Buenos Aires, el motor productivo que el Gobierno trata como variable de descarte del desplome inducido.
Lo que viene es previsible. La Libertad Avanza necesita al PRO para consolidar su hegemonía territorial y el PRO necesita del sello libertario para no quedar afuera de la nueva distribución del poder. El resultado es una pelea entre dos fracciones de la misma casta por administrar el ajuste, mientras la «recuperación en V» sigue sin traducirse en la vida cotidiana de los bonaerenses. No hay dos modelos en disputa: hay socios que se reparten el poder mientras el país se desploma y la economía real sigue esperando.