La combinación de una agresiva flexibilización laboral de hecho y la parálisis total de los sectores que traccionan el empleo genuino ha provocado que uno de cada tres despidos ejecutados en todo el territorio argentino corresponda a unidades productivas radicadas en Buenos Aires. Esta contracción de la actividad económica interna generó un efecto de pinzas sobre las finanzas locales, deprimiendo de forma simultánea la recaudación propia por Ingresos Brutos y los envíos de fondos de origen nacional.
La vulnerabilidad macroeconómica se potencia ante el retraso de los salarios reales del sector privado de la región, los cuales mostraron el peor desempeño de toda la serie histórica nacional con un incremento marginal que no alcanza a compensar el encarecimiento generalizado del costo de vida. La decisión de mantener una política monetaria de fuerte contracción del consumo ha dejado a las cuentas públicas provinciales en una situación de extrema debilidad para hacer frente a las demandas de infraestructura básica y asistencia social. Sin señales de un cambio de rumbo en las variables cambiarias ni comerciales por parte del Palacio de Hacienda conducido por Luis Caputo, la recesión en el corazón industrial de la Argentina amenaza con volverse estructural, consolidando un esquema de exclusión y caída de la productividad de difícil reversión en el mediano plazo.