El reordenamiento de las «Fuerzas del Cielo», el espacio que conduce Santiago Caputo, no es una anécdota de pasillo: es la foto de un Gobierno que concentra su energía en custodiar el relato mientras el modelo que ejecuta sigue cobrándose víctimas en la economía real. El avance del «karinismo» sobre la comunicación digital del Ejecutivo nacional muestra hacia dónde apuntan las prioridades de la gestión libertaria: a blindar la máquina de propaganda antes que a frenar el desplome inducido que asfixia el consumo popular.
La pelea por el botín comunicacional dejó a la luz los bandos en disputa. Cerca del asesor aseguran que «seguimos firmes, el Presidente lo sigue consultando a Santiago», en un intento por desmentir cualquier pérdida de influencia. Pero en las «Fuerzas del Cielo» ya leen el movimiento: para ellos el cineasta Oría, al que le falta peso político, es apenas la cara de la avanzada de «los Menem», el sector que responde a la hermana de Milei. La interna confirma que, en el círculo íntimo del poder, la batalla no se da por quién gestiona mejor la crisis sino por quién se queda con la narrativa.
Que la hermana del Presidente dispute ese territorio es sintomático del fracaso del relato. Un Gobierno que pregona una recuperación en «V» no puede sostener la ficción sin un control total de la comunicación digital: la obsesión por el mensaje crece en la misma proporción en que los datos de la economía real contradicen la propaganda oficial. Cada reacomodamiento de nombres y fidelidades es una admisión de que el relato necesita ser custodiado porque no se sostiene solo. El Ejecutivo nacional invierte en la narrativa porque ya no puede discutir los números.
La proyección es previsible: mientras la disputa por la comunicación profundice la concentración de poder en torno a la familia presidencial, la Provincia de Buenos Aires —motor productivo golpeado por la Nación— seguirá pagando el costo de un plan que administra la crisis desde un estudio de grabación. El reordenamiento de las «Fuerzas del Cielo» no cambia el rumbo del modelo: solo confirma quiénes se reparten el botín del relato. El relato se pelea en los despachos; el vaciamiento, en cambio, se ejecuta sin discusión en los barrios.